4. Primeras acciones.
El ahorcado aún pendía del techo cuando Orestes Chani llegó. “Es una extraña manera de quedar colgado”, pensó. “Está en una posición muy incomoda, no pudo haberse metido solo dentro de ese alambre, tuvo que tener algún tipo de ayuda”. El cadáver enseñaba una inmensa lengua azulada. Tuvo la impresión de que se burlaba de él. Le caía hasta la barbilla. “Parece la de un show-show”, dijo.
No perdió tiempo ni esperó la llegada del grupo de Homicidios. Enseguida se puso a trabajar. Infructuosamente buscó testigos. Había algo inusual, un muerto siempre atraía a los curiosos. Las puertas de las casas colindantes permanecieron cerradas. Por mucho que escudriñó no percibió el más mínimo movimiento, ni el de una persiana. Solo la tenue brisa arrastraba, a intervalos, ligeros objetos mientras movía los arbustos más endebles. Pensó que la zona estaba deshabitada. Se sintió aletargado con la soledad. La lengua burlona del occiso lo trajo nuevamente a la realidad. En ese momento se convenció de que por algún motivo todos mantenían distancia del asunto. Tuvo que imponerse para obtener alguna fría colaboración.
La noticia del ahorcado se esparció rápidamente. Orestes había escuchado el rumor a cinco cuadras del lugar, por donde andaba por casualidad. Unos adolescentes propagaron el suceso: “Tremenda candela hay frente a la tienda”, “aquello está en zafarrancho de combate…”, “amaneció un viejo ahorcado…”, “tremendo corre corre. To’o el mundo se perdió de allí, aquello quedó vacío”, dijeron.
Las primeras en salir espantadas fueron las putas de la avenida por donde circulaba gran parte de los mejores clientes de la ciudad. Detrás de ellas salieron los estafadores y arrebatadores que montaban guardia en las puertas de la tienda, luego los ladrones de autos y más tarde los traficantes y vendedores ilegales. Cuando el perímetro comenzó a llenarse de policías, peritos y gente vestida de civil haciendo preguntas indiscretas dentro de las casas, desaparecieron hasta los vecinos. Ni un solo despistado transitó por aquella calle, devolviéndola a la desolación anterior.
Era una Zona Restringida; reservada para gente del gobierno, del Partido, embajadas, residencias de diplomáticos y para las advenedizas firmas extranjeras, propagadas por la ciudad durante los últimos meses. En la zona vivían, además, un exiguo remanente de la burguesía capitalista, y contadas familias obreras que por circunstancias casuísticas de la historia, difícilmente repetibles, malvivían al margen del bienestar del lugar.
Orestes salió del medio sótano en cuanto los peritos entraron. Más tarde apareció el Mayor Fonseca, su Jefe, quien se detuvo frente al cadáver de la lengua larga y azulada. Un repentino asco lo hizo sentir como un imberbe inexperto.
–¡¿Qué coño es esto?!… Tengo que ver una foto de este tipo, debieron echarle ácido en la cara. Es demasiado feo para ser natural… esas protuberancias en la nariz no pueden ser normales –dijo y tomó el carné de identidad de la mesita para ver la foto del occiso– ¡Carajo, qué feo! –exclamó.
–¿Le pasó igual que a mí? –escuchó detrás de él.
–¿Quién te avisó?
–Escuché el rumor por la calle, andaba cerca –respondió Orestes Chani cuando regresó al sótano.
–Tengo que suponer que has hecho algunas preguntas.
–Con mucho trabajo, pero sí.
–Dame tus primeras impresiones.
–La primera es que el tipo ya era feo antes de morirse –Fonseca hizo una mueca forzada, intentó reír–, lo segundo… que se puso aún más feo después de ahorcado –dijo Orestes con jocosidad y el Jefe no pudo contener una carcajada corta.
–Esto parece un suicidio… ¿Qué tú crees?, supongo que el tipo estaba borracho, mira esa caneca de ron casi vacía sobre la mesita.
–Tal vez… puede ser –respondió Orestes sin ser explicito, con ambigüedad.
–¿Con quién hablaste?
–Con una medio loquita que dijo ser sobrina nieta del occiso…, es algo charlatana y fantasiosa, también hablé con el vecino de los altos, un viejo doctor, según la loquita. No fue muy cooperativo ni me abrió la puerta, habló poco, usó la mirilla de la puerta… ¡ah!, recomendó esperar a la sobrina.
–¿De la loquita?
–No, del ahorcado… la madre de la loquita. Según los cálculos del vecino, debe estar al llegar del campo. Jefe, los investigadores ya realizan los complementarios –Orestes miró nuevamente al cadáver, eran los últimos momentos que verían el absurdo ahorcamiento, ya estaban por descolgarlo.
–Hay que ser imbécil para ahorcarse con los pies en el suelo –aseguró Fonseca despidiéndose del difunto.
–¿Puedo quedarme con el caso? –dijo Orestes inseguro–. Tenga en cuenta que fui el primero en llegar, y además, adelanté el trabajo –recalcó.
Fonseca lo miró contrariado, sin responder, lo necesitaba en trabajos burocráticos, donde era muy bueno, el mejor de la Unidad. Vaciló por instantes, el tiempo necesario para convencerse de que el subordinado tendría poco que hacer en el caso del ahorcado. “No hay tal caso, es suicidio”, pensó.
–Está bien, es tuyo –dijo–, pero con la condición de que revises unos expedientes que viraron de la Fiscalía –agregó con el ánimo de quien intuye que va a arrepentirse.
–¿Tengo que hacerle el trabajo a otros?…, porque seguro ninguno es de los mío –replicó Orestes Chani sin titubeo, molesto.
–Teniente, tome esos expedientes y enmiéndelos, sin replicar, asúmalos como un favor, es urgente, hay problemas con la operatividad de la Unidad por culpa de esos expedientes. El Mando me está presionando y usted es mi mejor cuadro en asuntos de papeles –aseguró.
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